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La implacable naturaleza

Creyendo que pasaría rápido seguí leyendo en la pantalla del portátil, pero al sentir que se prolongaban los estrujones y bamboleos de la cama y paredes, me paré y dirigí bajo el dintel de la puerta mientras miraba las gradas que también se movían y pensaba que de pronto el volcán Puracé había explotado y tocaba salir corriendo buscando las colinas al oriente, más distantes del río Cauca, cuyo caudal desciende a dos cuadras de la casa.

Ya todos los vecinos estaban fuera de sus casas visiblemente asustados comentando los pormenores de su atropellada huida, milagrosamente la energía no se cortó y al regresar minutos después, por el noticiero me enteré que el terremoto de 7.4 grados había sido causado por una ruptura en la placa tectónica de Nazca, a 103 kilómetros de profundidad, con epicentro en San José del Palmar, un municipio del Choco limítrofe con el Valle del Cauca y muy cercano a Pereira, Manizales, las poblaciones del norte del Valle y a 170 kilómetros de Cali. 

Cuando en la pantalla del televisor vi las imágenes iniciales de un edificio cayéndose en Pereira, una torre de la catedral de Manizales ladeada sobre la principal,  arrumes de materiales y techos en Quibdo y un video panorámico de Cali con varias nubes de polvo levantándose en distintos sitios del suroriente de la ciudad, recordé las imágenes del terremoto de Popayán cuando se elevó un enorme hongo de polvo sobre el centro histórico y temí que se hubieran caído varios edificios construidos antes de 1984, cuando no eran obligatorias las normas que obligaban a establecer los cimientos con estructuras antisísmicas.

Efectivamente eso fue lo que sucedió en Cali, al caerse y ser afectados varios edificios en barrios como Tequendama, Alameda, Capri, Pampalinda, el Refugio, El Limonar, sin que las autoridades municipales y los organismos de emergencia estuvieran preparados para atender tantos frentes, donde la colaboración espontanea de la ciudadanía, como recientemente sucedió en Venezuela, se volcó a buscar sobrevivientes utilizando sus manos, palas y picos, mientras llegaba ayuda más especializada y dotada con herramientas que facilitaran la labor. 

Triste regreso a la actualidad noticiosa de una ciudad que, después que el temor al volcán los ahuyentó de Popayán, fue escogida por el presidente ADLE para su teatral posesión, en la que entre otros anuncios, destacó la descentralización como política preferencial en su mandato para que las ciudades y departamentos sean más actores de su administración, aunque sin delimitar bien las obligaciones de los servicios que deberán asumir y las fuentes de los recursos e impuestos conque financiarán su ejecución, pues a finales del gobierno de Petro, se aprobó la descentralización, pero en el Congreso no fue aprobada la ley de competencias.

Tristeza que se cierne en el occidente colombiano por la perdida de vidas humanas, numerosos heridos y miles de familias que en minuto y medio se quedaron con lo que tenían puesto y además del dolor por la perdida de sus seres queridos con la ayuda de sus familiares, los gobiernos nacional, departamental y municipales, las donaciones internacionales y de las empresas privadas, deberán reconstruir sus hogares mientras pagan arriendo o se refugian en casas de familiares, amigos o en albergues temporales.

Poca solidaridad, -fuera de la que brinde el personal de la Cruz Roja del Cauca, especializado en rescate y la ciudadanía donando mercados-  pueden prestar departamentos paupérrimos como el Cauca, sostenidos principalmente por los aportes del gobierno nacional girados por medio del Sistema General de Participaciones, SGP y con precarias entidades de atención de desastres y emergencias, con escaso personal especializado y sin maquinaria y socorristas como los que en gran cantidad movilizaron desde Cali después del terremoto del 31 de marzo de 1983, cuando Popayán y Cajibío llevaron la peor parte.

De pronto especialistas en atender terremotos como Gustavo Wilches Chaux, hace años radicado en Bogotá, quien desde la dirección del SENA lideró el proceso de autoconstrucción capacitando a los habitantes de los entonces llamados asentamientos y especialmente a las mujeres en faenas del levantamiento de las paredes y techos de sus viviendas, y en su organización para emprender trabajos que les garanticen su sustento, tareas que pueden actualizarse en distintas ciudades y municipios del Valle del Cauca, Chocó, Risaralda y Quindío, los departamentos más afectados por el terremoto. 

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