- El 6 de octubre de 1974 fui uno de los ciudadanos que contempló desde unas graderías el desplazamiento de un edificio de nueve pisos que pesaba entre 4.800 y 7.000 toneladas.
- Medio siglo después, el Cudecom permanece en la calle 19 con avenida Caracas con las huellas del deterioro sobre sus paredes.
- El edificio evidencia señales de una historia que la ciudad parece olvidar. Y que las nuevas generaciones desconocen.
Hace unos días estuve nuevamente en Bogotá y, quizá por nostalgia, por ese alboroto silencioso de las añoranzas o simplemente por curiosidad, me dio por comparar la ciudad de hoy con la que conocí hace más de medio siglo.
Llegué a Bogotá en 1971 para ingresar a la Escuela Militar de Cadetes y me gradué como subteniente ingeniero en diciembre de 1974. Fueron años suficientes para que ciertos lugares quedaran incorporados para siempre a mi memoria.
Pero esta vez, luego de la ceremonia de lanzamiento y presentación del Sistema de Medios Digitales Enlace País y del libro Voces Silenciadas, en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, volví a recorrerlos.
Miré hacia las alturas de la Bogotá actual y me encontré con los 66 pisos de la Torre Sur del complejo BD Bacatá, el edificio más alto de Colombia en una ciudad vertical que habría resultado casi inimaginable para nosotros en aquellos años.Consultar Recursos De Referencia General
Después caminé por la carrera Séptima y pasé frente al edificio Avianca (foto), recordando que fue un hito de la arquitectura y la ingeniería colombiana, uno de los rascacielos más altos en Latinoamérica, de 150 metros, con 37 pisos, y una de las primeras construcciones en Colombia en implementar normas antisísmicas.
También recordaba en ese septimazo, que el 23 de julio de 1973 se presentó un incendio en el piso 14 del edificio, que rápidamente se extendió dejando al final 40 muertos y creo que unos 73 heridos, que recuerdo porque el número coincidía con el año de los hechos.
Seguí caminando hasta encontrarme con otro viejo conocido. En la calle 19 con avenida Caracas todavía está el edificio Cudecom. Y allí el tiempo se me devolvió de golpe.
El 6 de octubre de 1974 yo tenía 22 años y estaba próximo a graduarme como oficial del Ejército. Aquel día Bogotá hizo algo que parecía imposible: trasladó completo, empujándolo, un edificio de oficinas construido en 1955.
La ampliación de la calle 19 exigía liberar el espacio que ocupaba la edificación. La solución más sencilla habría sido demolerla. El ingeniero Antonio Páez Restrepo propuso otra cosa: empujarla. Y la movieron.
Durante unas nueve horas, aquella enorme estructura avanzó 29 metros hacia el sur mediante rodillos de acero y siete gatos hidráulicos. Las fuentes difieren sobre su peso: algunas hablan de aproximadamente 4.800 toneladas y el propio Páez escribió posteriormente que la operación involucró unas 8.000. Lo indiscutible es la proeza: el edificio recorrió los 29 metros y permaneció intacto.
Yo estaba allí. Habían dispuesto graderías para que la ciudadanía presenciara el acontecimiento. Desde una de ellas vi aquella mole avanzar lentamente, casi con timidez. Eran apenas centímetros por minuto, pero cada movimiento producía asombro. Frente a nosotros caminaba, literalmente, un edificio de concreto.

Imágenes: https://colombia.co/ – Antonio Páez Restrepo
El mundo terminó reconociendo la hazaña. El Cudecom ingresó al Guinness como la estructura de mayor peso trasladada satisfactoriamente y conservó ese récord durante aproximadamente tres décadas.
Cincuenta y dos años después regresé a la misma esquina. El edificio continúa en pie, pero sus muros muestran deterioro y la ciudad parece recordar cada vez menos lo que ocurrió allí. Después del traslado se le añadieron dos pisos y, desde 1976, fue ocupado por el Instituto de Seguros Sociales. Años después pasó al Estado y actualmente existen estudios y recursos destinados a su recuperación.
Me alegró saber que todavía hay posibilidades de conservarlo. Porque el Cudecom debería ser mucho más que un edificio viejo atravesado por la 19. Es una página de la ingeniería colombiana.
Hoy, mientras la Primera Línea del Metro vuelve a transformar ese mismo corredor, el de la Caracas, existe una coincidencia hermosa: hace medio siglo una generación desplazó un edificio para abrirle paso a una avenida; otra generación levanta ahora un viaducto para cambiar nuevamente la movilidad de Bogotá.
Yo tuve el privilegio de ver la primera transformación. Ojalá pueda ver la inauguración de esta nueva.
Y mientras algunos de los que estuvimos allí podamos contarlo, también podremos pedir que aquella proeza permanezca viva. No solamente en nuestros recuerdos. También en la memoria de Colombia.






