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Urgencias al límite en el norte del Cauca

  • El Hospital Francisco de Paula Santander sobrevive entre la entrega de su personal, una sede desbordada y la larga espera por una infraestructura capaz de responder a más de 400.000 personas.
  • Nueva sede avanza a paso lento mientras Urgencias colapsa cada día en la sede tradicional

Volví al servicio de Urgencias del Hospital Francisco de Paula Santander y la primera sensación otra vez, la misma conocida: demasiada gente para tan poco espacio.

No es necesario permanecer mucho tiempo allí para entender el problema. Basta mirar las camillas, los corredores, las caras de quienes esperan, el movimiento constante de médicos, enfermeras y auxiliares que intentan ganar minutos donde ya casi no quedan. Hay cansancio y desesperación en los pacientes y también en quienes los atienden.

Vi personal médico y asistencial tratando de prestar un servicio profesional, técnico y, sobre todo, humano, en condiciones que muchas veces parecen estar por debajo de la dimensión de la responsabilidad que les corresponde. El problema es que la voluntad tiene límites. Y las paredes también.

La posición geográfica de Santander de Quilichao, su actividad comercial y su relación con otros municipios del norte del Cauca convierten al Hospital Francisco de Paula Santander en institución de referencia regional.

La población municipal ronda los 135.000 habitantes, pero el radio de influencia sanitaria alcanza una población estimada en más de 400.000 personas del norte del Cauca.

Eso significa que cuando se habla de las urgencias del Francisco de Paula Santander se está hablando de una de las puertas de entrada a la atención hospitalaria de toda una región.

El triage, los consultorios médicos, la sala de reanimación, las áreas destinadas a procedimientos menores, la observación y las camillas deben absorber diariamente una demanda que en determinados momentos desborda la capacidad física y humana disponible.

Esto es recibir veinte o treinta pacientes simultáneamente. Pero también vale preguntarse algo mucho más preocupante: ¿qué ocurriría ante una emergencia masiva? Un accidente vial de grandes proporciones. Una explosión. Una avalancha. Un atentado. Un terremoto.

Hay otra realidad que debe decirse sin rodeos. Los usuarios llegan desesperados. Quien tiene un hijo enfermo, una madre con dolor, un familiar accidentado o un paciente que siente que su vida corre peligro difícilmente piensa en presupuestos, competencias administrativas, contratación pública, habilitación de servicios o disponibilidad de camas. Solo quiere que lo atiendan.

De allí nacen discusiones, reclamos y, en ocasiones, presiones injustas sobre médicos, enfermeros, auxiliares, administrativos y vigilantes que tampoco tienen la posibilidad de multiplicar consultorios, crear camas o producir ambulancias con una orden verbal.

Esta escena, que registra el traslado de una paciente en un vehículo particular, ante la falta del servicio de ambulancias, resulta incómoda porque además plantea una pregunta elemental: ¿qué ocurre cuando el paciente en una condición crítica padece un agravamiento de su estado por una movilización inadecuada? Quienes ayudan lo hacen movidos por la urgencia y la solidaridad. No tienen por qué saber cómo inmovilizar a una persona, cómo trasladar a un traumatizado o qué movimiento podría convertirse en un riesgo adicional. Eso no debería depender de la buena voluntad de una familia sino de una respuesta asistencial adecuada.

No se puede exigir al médico que resuelva lo que corresponde al sistema. Ni al gerente que, únicamente con voluntad administrativa, sustituya las obligaciones presupuestales, de vigilancia, financiación y ejecución que comprometen a autoridades nacionales.

A propósito, al frente del Hospital Francisco de Paula Santander está Carlos Gabriel Quiñonez Quintero, enfermero, magíster en Administración en Salud, abogado y especialista en Derecho Médico. Hay que reconocer su esfuerzo. Lo mismo debe hacerse con directivos, médicos, enfermeras, auxiliares, administrativos y trabajadores que durante años han mantenido funcionando una institución sometida a una presión regional creciente.

Las buenas intenciones, sin embargo, no aumentan metros cuadrados. El compromiso no reemplaza una ambulancia. La vocación no habilita automáticamente nuevos especialistas. Y el sacrificio humano tampoco puede seguir siendo la variable que compense indefinidamente las falencias estructurales.

A pocos kilómetros de la sede tradicional existe la otra cara de esta historia.

Sobre la vía Panamericana, junto a la sede de la Universidad del Valle y en dirección hacia Cali, se levanta desde hace años la nueva infraestructura del Hospital Francisco de Paula Santander.

El proyecto empezó a construirse en 2017. Desde entonces, generaciones de pacientes han escuchado la misma promesa: pronto estará listo. Pero el tiempo convirtió la palabra pronto en una unidad de medida difícil de explicar.

En febrero de 2025, el propio Departamento Nacional de Planeación informó que las obras eran retomadas después de 30 meses de atraso. El Gobierno señaló entonces que el nuevo hospital tiene aproximadamente 12.490 metros cuadrados y está concebido para ampliar la capacidad instalada de la institución.

Mucho antes, en junio de 2020, la Gobernación del Cauca había anunciado que existían garantías para entregar el nuevo hospital en un plazo de 17 meses. Pasaron los 17 meses. Y después otros tantos. Y la comunidad continuó esperando.

Por eso la expresión «elefante blanco», aunque fuerte, empieza a aparecer espontáneamente en las conversaciones de quienes llevan años viendo una construcción que promete convertirse en la solución mientras el viejo edificio sigue soportando la demanda.

Ahora existe nuevamente una expectativa: algunas áreas de consulta externa, laboratorio y administración avanzan hacia su funcionamiento mientras continúan las etapas necesarias para habilitar integralmente los servicios.

Ojalá esta vez ocurra. Pero terminar el edificio será apenas la primera parte de la solución.

Un hospital nuevo sin dotación es solamente un edificio. Y un hospital dotado sin personal suficiente tampoco resuelve el problema. Ese puede convertirse en el próximo gran desafío.

La nueva infraestructura está proyectada para ofrecer una capacidad mayor y consolidar al Francisco de Paula Santander como institución de mediana complejidad para el norte del Cauca. El DNP ha señalado precisamente que se trata de la única institución de mediana complejidad de referencia en la región.

Pero la apertura plena requiere tecnología médica, mobiliario, equipos, ambulancias, sistemas, mantenimiento y, fundamentalmente, talento humano.

La comunidad necesita conocer con la misma claridad con la que se informa el avance de las obras cuánto costará dotar integralmente el hospital, de dónde saldrán esos recursos, qué proyectos ya están financiados y cuál es el cronograma real de habilitación de cada servicio.

Porque una nueva demora en la dotación podría convertir el final de la obra civil en el comienzo de otra espera.

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